Iñaki Bonillas

Imagen II: Iñaki Bonillas, Secretos: Linterna mágica, ProjecteSD, Barcelona, 2016.

Imagen III:Iñaki Bonillas, Secretos, Estancia FEMSA/Casa Luis Barragán, Ciudad de México, 2016.

Imagen IV: Iñaki Bonillas, Secretos: Tela 1, 2017.

Imagen V:Iñaki Bonillas, Secretos: Inversiones, 2016

Mirar desde un ángulo chueco: Una conversación con Iñaki Bonillas

Iñaki Bonillas, Joana Hurtado Matheu

Después de enseñarnos todos los rincones y matices del archivo familiar, podemos pensar que Iñaki Bonillas no tiene secretos. Pero es que nunca son suyos. Si en el Archivo J. R. Plaza desmenuzó los álbumes y dietarios de su abuelo, esta vez se ha dedicado a explorar todos los rincones de la casa-taller de Luis Barragán (1902-1988). Único arquitecto mexicano con un premio Pritzker, conocido por su austeridad racionalista, sus jardines frondosos y su famoso color rosa, Barragán, según Bonillas, es el mismo y es otro.

Toda la obra de Bonillas es un juego de contradicciones que conviven en harmonía. En su obra encontramos la paradoja intrínseca a la fotografía de mostrar las sombras de la luz, esa impresión efímera para siempre descontextualizada y fijada en la oscuridad del negativo. Y la paradoja, también, de lo que algunos han llamado la posfotografía, ese sentirse cómodo entre las imágenes de los otros, para sacar a relucir la imprecisa identidad del medio sin disparar una sola foto.

En El triunfo de la vida solitaria, la exposición que pudo verse del 28 de septiembre al 16 de noviembre en la galería ProjecteSD de Barcelona, Bonillas ha vuelto a hacerlo. Ha vuelto a recorrer los espacios de la intimidad ajena, pero esta vez sí ha hecho fotos. Quizá por eso no son de fácil acceso. Juegos de espejos, reflejos invertidos, negativos, crucigramas… todo a través de una constelación de referencias, detalles de un imaginario donde no sabes dónde empieza Barragán y dónde acaba Bonillas.

Llevas años explorando todos los rincones de la casa-taller de Luis Barragán. ¿De dónde vino tu interés y cómo llegaste hasta ella?

La arquitectura de Barragán tiene en México un lugar de culto y despierta verdaderas pasiones (de odio y de amor por igual), como pudo verse hace poco con el pintoresco episodio del anillo hecho con las cenizas de Luis Barragán. Yo empecé a pensar en esta casa después de la invitación que me hizo Hans Ulrich Obrist para participar en una intervención colectiva al espacio que se llevó a cabo en el año 2000, El aire es azul. Como ocurre con este tipo de recintos casi sagrados, la invitación era paradójica: debíamos intervenir la casa, pero a la vez no podíamos tocarla. No podía cambiarse ningún color, ni moverse, realmente, ningún objeto de lugar. Tampoco, claro, estaba permitido perforar las paredes, ni hacer, en suma, nada que alterara seriamente la percepción del lugar. De modo que había que ingeniárselas para poder trabajar. Hubo quien decidió, por ejemplo, componer los viejos tocadiscos, para que pudieran volver a tocar los vinilos de la colección de Barragán. Yo fui de los que más tarde llegué a una idea. Y todo comenzó con un clavo. En el famoso vestíbulo de la casa está el rincón del teléfono de Barragán, iluminado a la perfección por la luz que se cuela por la ventana que está medio piso arriba. En ese espacio, donde descansan una pequeña silla y una repisa de madera con el aparato telefónico y un florero, también hay –lo descubrí en aquel momento– un clavo. Se veía que llevaba años sin utilizarse, puesto que estaba vuelto a pintar del mismo color blanco del muro. En un par de fotos de archivo pude observar que, en algún tiempo, en efecto, ese clavo tuvo un uso y que, por momentos, una imagen acompañó esa esquina de la casa. Decidí, entonces, que ahí debía colgar algo. No sabía qué, pero algo. Así que me dispuse a buscarle pareja a ese clavo y finalmente acabé poniendo una fotografía que saqué en un colegio. Aunque no era un edificio de Barragán, bien podría haberlo sido, pues contaba con una de las características esenciales: muros pesados, pintados de colores vistosos; elementos que, desde luego, poseen ya cientos de construcciones pos-Barragán. Además, a la puerta del colegio descansaba una pizarra que, por haber tomado la foto en domingo, estaba completamente vacía, lo cual generó una tensión interesante dentro de la imagen. Esa fue la primera vez que entré al mundo de Barragán, desde mi trabajo.

 

Apenas entramos en la exposición El triunfo de la vida solitaria, en la galería ProjecteSD, el diaporama Linterna mágica es una bienvenida a la casa de Barragán desde tu prisma, una mirada enigmática, pues se trata de una proyección de los detalles y recovecos que ha encontrado tu cámara a oscuras, solo con ayuda de una linterna. ¿Por qué ese misterio?

Podría decirse que Linterna mágica surgió de manera muy natural, por el tema que elegí para acercarme nuevamente a este recinto: los secretos. El año pasado preparé una intervención bastante general en los espacios de Casa Barragán, que llevaba por título Secretos –de donde también salieron las series fotográficas que presenté en otoño en ProjecteSD. De Casa Barragán llaman la atención, a primera vista, los colores de los muros, la manera peculiar en que están divididos los espacios, con muros bajos y biombos, la cuidada manipulación de las entradas de luz, en fin, la maestría con la que Barragán trataba los espacios y los volvía cálidos y agradables. Pero en una segunda mirada, más atenta, hay un elemento que empieza a hacerse muy presente, y que es la cantidad casi delirante de puertas (¡más de noventa!) que tiene: puertas que llevan de unos cuartos a otros, puertas de armarios, puertas de baños, puertas de clósets, puertas en el techo, puertas escondidas detrás de cortinas, puertas, pues, de todos tamaños y colores. Además de ellas, o junto a ellas, están los clósets: la otra presencia silenciosa pero asombrosamente constante de la casa. En algún momento me quedó claro que si lo que se busca es crear espacios perfectamente controlados, como es el caso, donde cada elemento cumple una función específica, y donde nada que no armonice o combine puede tener cabida, entonces, forzosamente debía haber por algún lado una suerte de negativo o de doble de Casa Barragán; es decir, una dosis considerable de espacios ocultos a donde podían ir a parar todos los sobrantes, todas las cosas salidas de tono, todo el desorden, todos, finalmente, los secretos. Esta idea me hizo mirar de nuevo la casa con un ánimo casi detectivesco. Lo cual, entre otras cosas, me permitió hacer la conexión con la película The Secret Beyond the Door de Fritz Lang, en la que, curiosamente, aparece un arquitecto que al poco tiempo de casado comienza a comportarse de manera extraña, lo cual hace sospechar a su mujer de que quizás esconda algunos secretos. La película trata, básicamente, de la búsqueda de esos secretos y de la amenaza que representa para ella buscarlos. Y Linterna mágica es, en ese sentido, y en parte, una especie de homenaje a Lang y al cine negro –pues son imágenes de esta casa–, extremadamente fotogénica, y por lo mismo ultrafotografiada, pero vista desde un ángulo extraño, donde las cosas no parecen cosas, sino, tal vez, extraños habitantes de la casa, vacía desde la muerte de Barragán en 1988.

“Extraños habitantes” que dejan Huellas… Háblanos de esta serie.

Al igual que Linterna mágica, Huellas es consecuencia del punto de vista detectivesco desde el cual decidí volver a mirar Casa Barragán. En lugar de la mirada del turista o del experto en arquitectura que va al lugar santo a comprobar que las imágenes de los libros se cumplen en la realidad, y que la pared rosa está ahí y la delgada y mítica escalera de madera no se ha movido de lugar, yo intenté verlo todo desde un ángulo chueco, raro, distinto al que estamos habituados. Así descubrí, por ejemplo, que debajo de la mesa del comedor hay varios timbres, para los cuales, me vine a enterar, Barragán diseñó un complicado código de timbrados, donde dos podían significar “traer la champaña” y tres “llamarme con urgencia pues la conversación se está poniendo muy aburrida”. Y una vez a gatas me di cuenta también de que la rigurosidad con que Barragán acomodó cada mesa, cada silla, cada objeto, debía tener alguna consecuencia física, ya que eran años de cosas puestas, al milímetro, en el mismo sitio, inamovible. Y, en efecto, al quitar una silla, vi que la alfombra guardaba la huella de eso que la había pisado durante décadas. Imaginé entonces un especie de plano arquitectónico hecho de huellas de muebles. Como si la vida de la casa hubiera quedado estampada en el piso y pudiera reconstruírsela con solo observar la cuidada coreografía de armarios, sillas y toda clase de enseres que fue teniendo lugar a lo largo de los años –pues aquella mesita tal vez estuvo un par de años en la esquina contraria, por lo cual una huella tenue aparece todavía por allá. Para hacer esta serie tuvimos que, con todo cuidado y ayuda de restauradores, mover todo el mobiliario de la casa, lo cual fue maravilloso: poder visualizar esa casa vacía, como una tabula rasa. Y fue curioso descubrir ahí, a nivel del suelo, y gracias a una cámara superpotente, todo el universo de cosas y habitantes minúsculos que han ido conquistando la planta de esta célebre morada: polvo, desde luego, pero no solo gris, sino de colores increíbles, azules, lilas, en fin, partículas cuya diversidad no había imaginado posible; además, claro, de cadáveres de moscas y otros bicharracos, pedazos de papel, etc. Sin embargo, nada me mostró con más claridad el paso del tiempo que el cambio profundo de tonalidad entre los fragmentos de alfombra que quedaron debajo de los muebles, de un amarillo brillante, un blanco inmaculado, y el resto de los tapetes, desvaídos y, por momentos, casi deshilachados. Esta clase de marcas, desde luego, no se ven únicamente en las casas de personajes tan obsesivos y meticulosos, como lo era Barragán, y, por eso, Huellas es también una metáfora, o yo quiero que sea, de cómo la vida transforma el espacio y va dejando rastros y cicatrices sobre las cosas. Es como si esas formas huecas que dejan las patas de las mesas y los sillones sobre la alfombra no estuvieran vacías, sino llenas de lo que estuvo ahí alguna vez.

Tanto en la exposición de Casa Barragán como en la de ProjecteSD conviven diferentes tiempos. Está el tiempo de la casa, que ha sido detenido para convertirse en un museo (casi un mausoleo…), pero también hay un tiempo vivido, acumulado, que “llena” los espacios y los objetos, como tú dices. En este sentido, se dice que la evocación de recuerdos y emociones pueden alterar las percepciones espaciales. Pero, ¿y al revés? ¿En qué medida crees que el espacio y el saber emocional se ven afectados?

Me queda claro que la vida, por sí misma, crea formas y altera los espacios. Ahora pienso que el único sitio que se mantiene inalterado es una cripta. Fuera de eso, el simple hecho de habitar o transitar un espacio lo transforma. Basta ver esas pesadas escaleras de mármol de los viejos edificios, cuyos escalones se han ido puliendo nada más que por el tránsito diario. Barragán vivió en el mismo lugar durante cuarenta años, y aunque es probable que imaginase que algún día, por tratarse de él, su casa podría adquirir el estatus de museo, para nada la vivió así. Era su vivienda y su taller, así que la usó muy a fondo. Se sabe que hacía cenas y fiestas, que la gente lo visitaba, que el taller era sumamente vital. Es conocido también el hecho de que usó esta casa como su principal espacio de experimentación, ya que ahí pudo probar soluciones arquitectónicas que después empleó en distintas construcciones. De modo que, claro, las capas de recuerdos, así como el polvo, se han ido acumulando sobre el espacio. Y uno ve huellas de eso por todos lados. En las fotografías que hay; en la combinación de objetos (como artefactos rituales africanos junto a reproducciones de Georges Rouault); en la elección del tamaño de las camas (más pequeñas que el tamaño individual estándar, lo cual, para un hombre de 1.90 es una curiosa decisión); en el gran facistol de la sala, que Barragán llenaba de toda clase de imágenes que iba rotando. Imágenes, pienso, que lo inspiraban, que le traían recuerdos y que le despertaban asociaciones diversas; fotografías de la cantante Grace Jones junto a dibujos de su admirado Picasso, o fotos de detalles arquitectónicos al lado de paisajes sacados de revistas. No es que los objetos sean recuerdos en sí mismos, pero sí que los contienen, me parece.

En la actualidad, vivimos rodeados de imágenes de lectura rápida, fácil. Con tu obra buscas desacelerar esta velocidad vertiginosa para que nos fijemos en los detalles. ¿Mirar es un trabajo?

Debería serlo. Por lo menos en el arte. No soy para nada un nostálgico del tiempo anterior a las imágenes de consumo masivo y fugaz, pero ciertamente trabajo con imágenes y me gusta que puedan llevar a quien las ve a hacer una pequeña pausa. He trabajado anteriormente con la idea del detalle, y en las series fotográficas que hice a partir de mi investigación en Casa Barragán, en efecto, busqué algo parecido: detenerme en los aspectos menos visibles de la casa. Por eso decidí meter toda la exposición en los armarios, porque precisamente no quería estar negociando constantemente con este espacio tan icónico; me interesaba más que la gente fuese descubriendo poco a poco, y solo en la medida de su curiosidad e interés, las piezas de la exposición. Para algunos seguramente pasó totalmente inadvertida; otros, en cambio, entraron en el juego de detectives y se lanzaron a abrir cajones y puertas tratando de encontrar la siguiente pista. Me queda claro que, de este modo, al menos, tuvieron un acercamiento muy distinto a la casa del que suele tener el visitante regularmente.

Conseguiste lo mismo con los colores. Barragán está asociado al color rosa, pero este acercamiento tuyo a la casa nos descubre otros tonos. ¿Cómo fue tu investigación cromática?

Pues estuvo centrada sobre todo en dos series fotográficas: Huellas e Inversiones. En la primera, como decía, me interesó detenerme a observar el contraste de los colores originales de los tapetes con los que se ven actualmente; los primeros, casi chillones en comparación con los de ahora. Lo cual resultó fascinante, pues Barragán no dejaba nada al azar y aquí, el descubrimiento de amarillos y marrones tan intensos, hacía ver la casa con otros ojos. Casi como ocurrió cuando restauraron los frescos de la Capilla Sixtina y de pronto los colores manieristas de Miguel Ángel resultaron casi chocantes. Solo que aquí, la aparición de una nueva gama de colores se entiende mejor en relación al rosa y al amarillo, también vibrantes, que visten algunos muros. Y en Inversiones también pasó algo curioso, pues el jarrón original que fotografié es verde, pero yo decidí imprimir las fotografías en negativo, y no fue hasta que las tuve en mis manos que pude reconocer un inesperado rosa Barragán, que había surgido como negativo de ese verde. Tendría que haberlo sabido, quizá, pero admito que me sorprendió. Y también trabajé mucho con el blanco y negro, justamente para intentar cancelar la expectativa de los colores de Barragán y poder concentrarme en otros aspectos de la casa, como hice en Linterna mágica.

Ya en tu serie Los ojos, donde seleccionaste aquellos retratados del álbum familiar que tenían los ojos cerrados, señalabas que a veces lo que se vela es el negativo de lo que se quiere ver. ¿Crees que hay cosas que nunca estarán a la vista por mucho que se enseñen?

Creo que la condición de la mirada es cambiante y hay momentos en que, por distintas razones, ciertos aspectos de las cosas permanecen velados, aunque estén a la vista. Me ha interesado trabajar con esas zonas que, si bien están dentro de la imagen, no parecen atañer a la mirada, por no ser suficientemente atractivas o por estar en un segundo plano. Una de las series en las que más claramente expuse esto fue, precisamente, Una tormenta de asuntos secundarios, para la cual elegí un grupo de fotografías del archivo que heredé de mi abuelo y decidí concentrarme en lo que ocurre detrás o a un lado de la escena principal o de los personajes que el fotógrafo tuvo la intención de retratar. Y fue un ejercicio muy interesante, pues realmente cuando uno se fija en lo que no debe fijarse, empiezan a aparecer toda clase de asuntos curiosos y divertidos. Como los mirones que ven pasar a los novios, la bicicleta tirada en el piso, el picnic que está teniendo lugar debajo de la sombrilla detrás de la chica en biquini de la imagen intencional. Secretos también trató un poco de apuntar hacia esas zonas: las huellas debajo de los muebles, los recovecos que solo se observan con luz de linterna, etc.

En Casa Barragán la gente que venía a ver la exposición tenía que buscarla. En la galería ProjecteSD esta búsqueda se ha trasladado a tu obra. En imágenes como Crucigrama #9 o Telas 1, por ejemplo, la exploración se complica. ¿Cuál es su relación con Barragán?

La serie de crucigramas parte siempre de una plantilla de crucigrama que tomo del diario El País. A partir de ahí lo que hago es mezclar imágenes, estilo collage, que me parezca que, juntas, crean una imagen más interesante que cada una por separado. El Crucigrama #9 es un homenaje a la vida solitaria, a la que alude el título de la exposición en ProjecteSD, en cuanto que se trata de dos imágenes muy evocadoras de la soledad, pero no la soledad que pesa, sino la soledad triunfante, deseable. A este crucigrama lo antecede otro, que coloqué en una de las paredes menos visitadas de Casa Barragán, pues es la de un pasillo que lleva al baño. Lo que hice ahí fue mezclar una imagen típica de Casa Barragán, en este caso, de la terraza de la azotea, con una imagen de mi archivo personal: la de un hombre con el rostro desdibujado por la luz que entra por una de las ventanas de la Alhambra, frente a la cual ha decidido fotografiarse. La elegí por el anonimato del personaje, que bien podría ser el propio Barragán, a quien la Alhambra, y en general el arte mudéjar, lo influyó tremendamente. Me gustó, entonces, combinar ambas cosas, acentuándolas y borrándolas a la vez.

Y el asunto de la serie Telas no es tan distinto: en uno de los clósets de Barragán me asombró encontrar una serie de bolsas de plástico negro que escondían una gran variedad de textiles, ya fueran bordados mexicanos, como el que se ve en Telas 1, que es un tapete bordado a mano, o tejidos de lana para retapizar los sillones o, incluso, telas con estampados vistosos que no me pareció que tuvieran demasiado que ver con el estilo de la casa. De entre los “secretos” de Barragán, este me pareció sumamente misterioso. ¿Por qué guardaría toda esa pedacería de tela? Y decidí cruzar esta idea con otra: la de que los derechos de imagen de Casa Barragán están fuertemente protegidos, lo que hace imposible publicar fotos de la casa sin el permiso debido. Otros han trabajado ya con esta obstrucción, pero a mí me gustó la posibilidad de bloquear las vistas más conocidas de la casa con la propia colección de telas de Barragán. A la vez, también, una manera de homenajear al arquitecto de las capas –sucesiones de muros bajos y de paneles que lo que hacen es impedir la vista total del espacio, que es entregado por tiempos, en un juego de opacidad y transparencia muy interesante y característico de él.

La casa como encrucijada espaciotemporal es algo muy fotográfico. De hecho, como si se tratara una cámara oscura, hay casi un bosque en el patio de la casa que entra a través de los objetos en tus series Inversiones y Jardín. ¿Cómo concebiste ese diálogo con la naturaleza que es tan propio de Barragán?

Para Barragán el jardín no era simplemente el traspatio de la casa, era la casa misma. Como también era diseñador de paisajes, entendía el jardín como una continuidad del espacio habitacional, y por eso en su jardín vemos capas de arbustos, como en la casa hay capas hechas con muros bajos. Y solo dejaba entrar la naturaleza en el espacio interior con gran discreción, sobre todo, mediante una serie de floreros que la señora que era como su ama de llaves (y que hasta la fecha sigue viviendo en la casa) adornaba con hojas, flores del jardín y limones (y lo sigue haciendo). Pero también en el alféizar de la ventana del comedor hay un par de jarrones de cristal que Barragán pedía que tuvieran agua hasta la mitad, de modo que se iluminaran con el sol y reflejaran el jardín. Lo que ocurre al mirar a través del agua del jarrón es que el jardín aparece invertido, de cabeza, algo que seguramente el propio Barragán notó. Y esa idea pudo hilarse con todo lo demás, pues lo que traté de hacer con esa investigación fue representar Casa Barragán invertida, de cabeza. De ahí surgió Inversiones. Con la serie Jardín pasó algo parecido: en el tapanco de Casa Barragán encontré un curioso objeto con forma de poliedro hecho de espejos. No se sabe cómo lo obtuvo Barragán, ni por qué le despertaba especial interés, pues lo colocó en una esquina privilegiada, de modo que pudiera reflejar repetidamente el espacio, como le gustaba a él que hicieran los espejos, por ejemplo, de las diversas esferas de vidrio que tenía repartidas por la casa. A mí lo que me gustó de este artefacto fue lo mucho que se sale de tono del resto del decorado, más sobrio y opaco. Pero lo usé para cumplir ese deseo de Barragán, de fundir el jardín con la casa. Y así fue que lo llevé al exterior y realicé una serie de tomas del objeto en medio de la selva barraganesca. En cada una de las imágenes va cambiando el foco de la cámara, de modo que progresivamente se nos va mostrando un detalle distinto del contexto: en una el centro es el objeto mismo, en la otra lo es una pequeña hoja, en la siguiente el fondo y así, distintas profundidades y capas del paisaje.

A pesar de ese diálogo por capas, la casa de Barragán no tiene vistas a la calle. La casa como celda, refugio vital y creativo, ha sido un tema muy tratado en la historia del arte, de Dürer a Louise Bourgeois. Hoy, ¿crees que podemos separar vida privada y esfera pública?

Ese era el sueño de Barragán: aislar a los habitantes de la casa del mundanal ruido. Él odiaba las casas/cajas de cristal modernistas, le parecía que había algo obsceno en esa necesidad de mostrar la intimidad hacia el exterior. Recordemos, además, que era un hombre muy religioso, y para él una casa debía tener algo de claustro. Sin embargo, no eran celdas, sino espacios muy abiertos, pero hacia el jardín. En esto creo que me parezco un poco a él (toda proporción guardada), pues yo también prefiero que la vida privada ocurra puertas adentro. Esta separación es cada vez menos posible: el mundo se nos mete por todos los rincones, digitales y de cualquier índole. Pero intento, en la medida de mis posibilidades, que mi casa, que es también mi estudio, sea eso: un refugio. Y luego me encanta salir a la calle, e ir al cine y a las librerías de viejo. Disfruto muchísimo caminando por las calles de la Ciudad de México. Pero siempre vuelvo a casa con ilusión.

El título de la exposición en ProjecteSD está sacado de un gravado del siglo XVI del pintor y dibujante flamenco Maarten de Vós. En el libro Sobre la idea de una comunidad de solitarios, Pascal Quignard escribe sobre la soledad acompañada del lector o la congregación fraternal y extemporal del religioso. Algo que transmite la casa de Barragán y tu recorrido por ella, llena de referencias suyas (Josef Albers, Max Ernst…) o tuyas (Fritz Lang, Lope de Vega…). Pero Quignard menciona también a Spinoza y su “sueño de una comunidad de raros, de difíciles, de secretos, de ateos, de abiertos, de luminosos (…). Fundar un club antidemocrático cerrado a los sacerdotes, a los magistrados, a los filósofos, a los políticos, a los columnistas, a los profesores, a los galeristas…”. ¿Qué es para Iñaki Bonillas El triunfo de la vida solitaria?

Bueno, no es algo autobiográfico, pues mi vida no es muy solitaria que digamos. Pero ciertamente me interesó ese aspecto de la casa de Luis Barragán, que lo muestra como una persona que, aunque recibía visitas de vez en cuando, tenía todo dispuesto para la perfecta vida en solitario: cada uno de los cuartos de la casa, por ejemplo, cuenta con un tocadiscos, para que él pudiera escuchar música en todo momento, sin importar el lugar donde hubiera decidido pasar la mañana o la tarde, seguramente leyendo o dibujando o pensando. Por eso decidí ponerle ese título a la exposición de ProjecteSD, donde he reunido las series fotográficas que hice allí. Creo que la soledad que esa casa inspira es una condición, casi diría desdeñada en la actualidad, pero muy necesaria para el creador: esos momentos de soledad en los que, solo así, uno logra concentrarse y desatar la imaginación. En el caso de Barragán la vida solitaria triunfó sobre el resto de las cosas, no me cabe la menor duda; los demás debemos conformarnos con esos pequeños triunfos: momentos escasos pero atesorados, en los que la soledad nos permite sumirnos en las propias ideas o la propia investigación.

Watching from a crooked angle: A Conversation with Iñaki Bonillas


After showing us all the corners and nuances of the family archive, we can think that Iñaki Bonillas has no secrets. But they are never his secrets. If he shredded his grandfather's albums and diaries in the J. R. Plaza Archive,  this time he has dedicated to explore all the corners of Luis Barragán's house-workshop (1902-1988). The only Mexican architect with a Pritzker Prize, known for his rationalist austerity, his lush gardens and his famous pink color, Barragán, according to Bonillas, is the same and is another.


All of Bonillas' work is a game of contradictions that coexist in harmony. In his work we find the paradox intrinsic to photography of showing the shadows of light, that ephemeral impression forever decontextualized and fixed in the darkness of the negative. And the paradox, too, of what some have called post-photography, that feeling comfortable between the images of others, to bring out the imprecise identity of the medium without taking a single photo.


In El triunfo de la vida solitaria (The triumph of lonely life), the exhibition that could be seen from September 28 to November 16 at the ProjecteSD gallery in Barcelona, ​​Bonillas did it again. He has once again toured the spaces of the intimacy of others, but this time he has taken photos. Perhaps that is why they are not easily accessible. Mirror games, inverted reflections, negatives, crosswords… all through a constellation of references, details of an imaginary where you don't know where Barragán begins and where Bonillas ends.

You have been exploring every corner of Luis Barragán's house-workshop for years. Where did your interest come from and how did you get to it?


The architecture of Barragán has a place of worship in Mexico and arouses true passions (of hate and love alike), as could be seen recently with the picturesque episode of the ring made with the ashes of Luis Barragán. I started thinking about this house after Hans Ulrich Obrist invited me to participate in a collective intervention in that space that took place in 2000, El aire es azul. As with this type of almost sacred enclosure, the invitation was paradoxical: we had to intervene in the house, but at the same time we could not touch it. No color could be changed, nor could any object of place really move. Nor, of course, was it allowed to pierce the walls, or do, in short, anything that would seriously alter the perception of the place. So you had to figure out how to work. There were those who decided, for example, to compose the old record players, so that they could play the vinyls from the Barragán collection again. I was one of those who later came up with an idea. And it all started with a nail. In the famous hall of the house is the Barragán telephone corner, perfectly illuminated by the light that comes in through the window that is half a floor above. In that space, where a small chair and a wooden shelf with the telephone set and a vase rest, there is also - I discovered it at that moment - a nail. You could see that it had not been used for years, since it was repainted the same white color as the wall. In a couple of archive photos I was able to observe that, at some time, in effect, that nail had a use and that, at times, an image accompanied that corner of the house. So I decided that I should hang something there. I didn't know what, but something. So I set out to find a partner for that nail and finally ended up putting up a photograph that I took at a school. Although it was not a Barragán building, it could well have been, since it had one of the essential characteristics: heavy walls, painted in bright colors; elements that, of course, already have hundreds of post-Barragán constructions. In addition, at the door of the school there was a blackboard that, because the photo was taken on Sunday, was completely empty, which generated an interesting tension within the image. That was the first time that I entered the world of Barragán, from my work.


As soon as we enter the exhibition El triunfo de la vida solitaria (The triumph of lonely life) in the ProjecteSD gallery, the Linterna Mágica (Magic Lantern) slide is a welcome to Barragán's house from your prism, an enigmatic look, since it is a projection of the details and nooks that your camera has found in the dark, only with the help of a flashlight. Why this mystery?


It could be said that Lintera Mágica (Magic Lantern) arose in a very natural way, due to the theme that I chose to approach this room again: the secrets. Last year I prepared a fairly general intervention in the spaces of Casa Barragán, entitled Secretos (Secrets) - from which also came the photographic series that I presented in the autumn at ProjecteSD. At Casa Barragán, at first glance, the colors of the walls, the peculiar way in which the spaces are divided, with low walls and screens, the careful manipulation of the light inputs, in short, the mastery with which Barragán treated the spaces and made them warm and pleasant. But on a second look, more attentive, there is an element that begins to become very present, and that is the almost delusional number of doors (more than ninety!): doors that lead from one room to another, closet doors , bathroom doors, ceiling doors, hidden doors behind curtains, doors, well, of all sizes and colors. Besides them, or next to them, are the closets: the other silent but amazingly constant presence of the house. At some point it became clear to me that if what is sought is to create perfectly controlled spaces, as is the case, where each element fulfills a specific function, and where nothing that does not harmonize or combine can have a place, then, there must necessarily be some side a sort of negative or double of Casa Barragán; that is to say, a considerable dose of hidden spaces where all the leftovers, all the out of tune things, all the disorder, all, finally, the secrets could go. This idea made me look at the house again with an almost detective spirit. Which, among other things, allowed me to make the connection with the film The Secret Beyond the Door by Fritz Lang, in which, curiously, an architect who shortly after being married begins to behave strangely, which raises suspicions to his wife that he may be hiding some secrets. The film is basically about the search for those secrets and the threat that searching for them represents for her. And Magic Lantern is, in that sense, and in part, a kind of homage to Lang and film noir -because they are images of this house-, extremely photogenic, and for the same reason ultra photographed, but seen from a strange angle, where things do not seem like things, but perhaps strange inhabitants of the house, empty since Barragán's death in 1988.


Extraños habitantes (Strange inhabitants) that leave Huellas (Footprints) ... Tell us about this series.


Like Magic Lantern, Huellas is a consequence of the detective point of view from which I decided to look at Casa Barragán again. Instead of the gaze of the tourist or the architectural expert who goes to the holy place to verify that the images of the books are fulfilled in reality, and that the pink wall is there and the thin and mythical wooden staircase has not moved Instead, I tried to see everything from a crooked, strange angle, different from the one we are used to. So I discovered, for example, that under the dining room table there are several bells, for which, I came to find out, Barragán designed a complicated code of bells, where two could mean “bring the champagne” and three “call me urgently because the conversation is getting very boring. " And once while being crouched I also realized that the rigor with which Barragán arranged each table, each chair, each object, must have had some physical consequence, since they were years of things placed, to the millimeter, in the same place, immovable. And, indeed, when removing a chair, I saw that the carpet bore the imprint of that which had stepped on it for decades. I then imagined a kind of architectural plan made of furniture prints. As if the life of the house had been stamped on the floor and could be rebuilt just by observing the careful choreography of cabinets, chairs and all kinds of furnishings that took place over the years - because that table may have been a couple years in the opposite corner, for which a faint footprint still appears there. To make this series we had to, with all the care and help of restorers, move all the furniture in the house, which was wonderful: to be able to visualize that empty house, like a blank slate. And it was curious to discover there, at ground level, and thanks to a super-powerful camera, the entire universe of tiny things and inhabitants that have been conquering the plant of this famous dwelling: dust, of course, but not only gray, but colored. incredible, blue, lilac, in short, particles whose diversity I had not imagined possible; besides, of course, the corpses of flies and other bugs, pieces of paper, etc. However, nothing showed me the passage of time more clearly than the profound change in hue between the carpet fragments that remained under the furniture, a bright yellow, an immaculate white, and the rest of the rugs, faded and, at times, almost frayed. This kind of marks, of course, are not only seen in the houses of such obsessive and meticulous characters, as Barragán was, and, therefore, Huellas is also a metaphor, or I want it to be, of how life transforms the space and leaves traces and scars on things. It is as if those hollow shapes left by the legs of tables and armchairs on the carpet are not empty, but full of what was once there.


Both in the Casa Barragán exhibition and in the ProjecteSD one, different times coexist. There is the time of the house, which has been stopped to become a museum (almost a mausoleum ...), but there is also a time lived, accumulated, that "fills" spaces and objects, as you say. In this sense, it is said that the evocation of memories and emotions can alter spatial perceptions. But what about the other way around? To what extent do you think space and emotional knowledge are affected?


It is clear to me that life, by itself, creates forms and alters spaces. Now I think the only place that remains unchanged is a crypt. Apart from that, the simple fact of inhabiting or traveling a space transforms it. It is enough to see those heavy marble stairs of the old buildings, whose steps have been polished by nothing more than by the daily traffic. Barragán lived in the same place for forty years, and although it is likely that he imagined that one day, because it was him, his house could acquire the status of a museum, he did not experience it like that at all. It was his home and his workshop, so he used it very thoroughly. It is known that he had dinners and parties, that people visited him, that the workshop was extremely vital. The fact that he used this house as his main experimentation space is also known, since there he was able to test architectural solutions that he later used in different constructions. So, of course, layers of memories, as well as dust, have been accumulating over space. And you see traces of that everywhere. In the photographs there are; in the combination of objects (such as African ritual artifacts with reproductions of Georges Rouault); in the choice of the size of the beds (smaller than the standard single size, which, for a man of 1.90 is a curious decision); in the great lectern in the room, which Barragán filled with all kinds of images that were rotating. Images, I think, that inspired him, that brought back memories and awakened various associations; photographs of the singer Grace Jones along with drawings of his admired Picasso, or photos of architectural details next to landscapes taken from magazines. It is not that objects are memories in themselves, but they do contain them, it seems to me.


Today, we live surrounded by fast, easy-to-read images. With your work you seek to slow down this dizzying speed so that we can look at the details. Looking is a job?


Should be. At least in art. I am not nostalgic for the images before mass and fleeting consumption, but I certainly work with images and I like that they can take whoever sees them to have a little pause. I have previously worked with the idea of ​​detail, and in the photographic series that I made from my research at Casa Barragán, in effect, I looked for something similar: to stop at the less visible aspects of the house. That is why I decided to put the entire exhibition in the cabinets, because precisely I did not want to be constantly negotiating with this iconic space; I was more interested in people discovering little by little, and only to the extent of their curiosity and interest, the pieces in the exhibition. For some it surely went totally unnoticed; others, on the other hand, got into the detective game and rushed to open drawers and doors trying to find the next clue. It is clear to me that, in this way, at least, they had a very different approach to the house than the visitor usually has on a regular basis.


You got the same with the colors. Barragán is associated with the color pink, but this approach of yours to the house reveals other shades. How was your color research?


Well, it was mainly focused on two photographic series: Huellas e Inversiones. In the first, as I said, I was interested in stopping to observe the contrast of the original colors of the rugs with those that are currently seen; the former, almost garish compared to now. Which was fascinating, since Barragán left nothing to chance and here, the discovery of such intense yellows and browns, made the house see with different eyes. Almost as it happened when the frescoes in the Sistine Chapel were restored, and suddenly the mannerist colors of Michelangelo were almost shocking. Only here, the appearance of a new range of colors is better understood in relation to the pink and yellow, also vibrant, that dress some walls. And in Inversiones something curious also happened, because the original vase that I photographed is green, but I decided to print the photographs in negative, and it was not until I had them in my hands that I was able to recognize an unexpected Barragán rose, which had emerged as a negative of that green. I should have known, perhaps, but I admit I was surprised. And I also worked a lot with black and white, precisely to try to cancel the expectation of Barragán's colors and to be able to concentrate on other aspects of the house, as I did in Magic Lantern.


In your series Los ojos, where you selected those portrayed from the family album whose eyes were closed, you pointed out that sometimes what is veiled is the negative of what one wants to see. Do you think there are things that will never be in sight no matter how much they are taught?


I believe that the condition of the gaze is changing and there are times when, for different reasons, certain aspects of things remain veiled, even though they are visible. I have been interested in working with those areas that, although they are within the image, do not seem to concern the gaze, because they are not attractive enough or because they are in the background. One of the series in which I most clearly exposed this was, precisely, Una tormenta de asuntos secundarios (A storm of secondary matters), for which I chose a group of photographs from the archive that I inherited from my grandfather and decided to concentrate on what happens behind or to one side of the main scene  or characters that the photographer intended to portray. And it was a very interesting exercise, because  when you really look at what you shouldn't look at, all kinds of curious and funny things start to appear. Like the onlookers who see the bride and groom go by, the bicycle lying on the ground, the picnic that is taking place under the umbrella behind the girl in a bikini of the intentional image. Secrets also tried a bit to target those areas: the footprints under the furniture, the nooks and crannies that can only be seen with flashlight light, etc.


At Casa Barragán, the people who came to see the exhibition had to look for it. In the ProjecteSD gallery this search has been moved to your work. In images like Crucigrama #9 o Telas 1, for example, the exploration is complicated. What is your relationship with Barragán?


The series of Crucigrama always starts from a crossword template that I take from the newspaper El País. From there, what I do is mix images, collage style, which seems to me that, together, they create a more interesting image than each one separately. Crucigrama #9 is a tribute to the lonely life, to which the title of the exhibition in ProjecteSD alludes, as they are two very evocative images of loneliness, but not loneliness that weighs, but triumphant loneliness, desirable. This crossword is preceded by another, which I placed on one of the less visited walls of Casa Barragán, since it is a corridor that leads to the bathroom. What I did there was to mix a typical image of Casa Barragán, in this case, of the roof terrace, with an image from my personal archive: that of a man with his face blurred by the light coming through one of the windows of the Alhambra, in front of which he has decided to photograph himself. I chose it because of the anonymity of the character, who could well be Barragán himself, who was tremendously influenced by the Alhambra and Mudejar art in general. I liked, then, combining both things, accentuating them and erasing them at the same time.

And the issue of the Telas series is not so different: in one of Barragán's closets I was amazed to find a series of black plastic bags that hid a great variety of textiles, whether they were Mexican embroidery, like the one seen in Telas 1, which is a hand-embroidered rug, or woolen fabrics to reupholster the armchairs or even fabrics with colorful prints that I didn't think had much to do with the style of the house. Among the "secrets" of Barragán, this seemed extremely mysterious to me. Why would he keep all that scrap of cloth? And I decided to cross this idea with another: that the image rights of Casa Barragán are strongly protected, which makes it impossible to publish photos of the house without permission. Others have already worked with this obstruction, but I liked the possibility of blocking the best-known views of the house with Barragán's own collection of fabrics. At the same time, also, a way of paying homage to the architect of the layers - successions of low walls and panels that prevent the total view of the space, which is delivered by time, in a very interesting game of opacity and transparency and characteristic of him.


The house as a space-time crossroads is something very photographic. In fact, as if it were a camera obscura, there is almost a forest in the backyard of the house that enters through the objects in your Inversiones and Jardín series. How did you conceive that dialogue with nature that is so typical of Barragán?


For Barragán, the garden was not simply the backyard of the house, it was the house itself. As he was also a landscape designer, he understood the garden as a continuity of the living space, and that is why in his garden we see layers of shrubs, as in the house there are layers made with low walls. And he only let nature enter the interior space with great discretion, above all, through a series of vases that the lady who was like his housekeeper (and who still lives in the house to this day) adorned with leaves, flowers of the garden and lemons (and continues to do so). But also on the windowsill of the dining room there are a couple of glass vases that Barragán requested that they have half water, so that they would light up with the sun and reflect the garden. What happens when looking through the water in the vase is that the garden appears  inverted, upside down, something that Barragán himself surely noticed. And that idea could be spun with everything else, because what I tried to do with that investigation was to represent Casa Barragán upside down. That's where Inversiones came from. Something similar happened with the Jardín series: in the loft of Casa Barragán I found a curious polyhedron-shaped object made of mirrors. It is not known how Barragán obtained it, or why it aroused special interest in him, since he placed it in a privileged corner, so that it could repeatedly reflect the space, as he liked the mirrors to do, for example, of the various spheres glass that he had scattered around the house. What I liked about this artifact was how much it goes out of tune with the rest of the decoration, more sober and opaque. But I used it to fulfill Barragán's wish, to merge the garden with the house. And so it was that I took it outside and took a series of shots of the object in the middle of the Barragan jungle. In each of the images the focus of the camera changes, so that we are progressively shown a different detail of the context: in one the center is the object itself, in the other it is a small sheet, in the next the bottom and thus, different depths and layers of the landscape.


Despite this layered dialogue, Barragán's house has no street views. The house as a cell, a vital and creative refuge, has been a subject widely discussed in the history of art, from Dürer to Louise Bourgeois. Today, do you think we can separate private life and the public sphere?


That was Barragán's dream: isolating the inhabitants of the house from the madding crowd. He hated modernist glass houses/boxes, it seemed to him that there was something obscene in that need to show intimacy to the outside. Let us also remember that he was a very religious man, and for him a house should have something of a cloister. However, they were not cells, but wide open spaces, towards the garden. In this I think I am a bit like him (all proportion saved), because I also prefer that private life happens indoors. This separation is less and less possible: the world gets into us from every corner, digital and of any kind. But I try, to the extent of my possibilities, that my house, which is also my studio, is that: a refuge. And then I love going out, and going to the movies and old-fashioned bookstores. I really enjoy walking the streets of Mexico City. But I always go home looking forward to it.


The title of the exhibition in ProjecteSD is taken from a 16th century engraving by the Flemish painter and cartoonist Maarten de Vós. In the book Sobre la idea de una comunidad de solitarios (On the idea of ​​a community of lonely people), Pascal Quignard writes about loneliness accompanied by the reader or the fraternal and extemporal congregation of the religious. Something that transmits the Barragán house and your journey through it, full of references to him (Josef Albers, Max Ernst…) or yours (Fritz Lang, Lope de Vega…). But Quignard also mentions Spinoza and his “dream of a community of rare, difficult, secret, atheistic, open, luminous (…). To found an antidemocratic club closed to priests, magistrates, philosophers, politicians, columnists, teachers, gallery owners… ”. What is the triumph of lonely life for Iñaki Bonillas?


Well, it is not something autobiographical, because my life is not very lonely. But I was certainly interested in that aspect of Luis Barragán's house, which shows him as a person who, although he received visits from time to time, had everything ready for the perfect solitary life: each of the rooms in the house, for example. He has a record player, so that he could listen to music at all times, regardless of where he had decided to spend the morning or afternoon, probably reading or drawing or thinking. That is why I decided to give that title to the ProjecteSD exhibition, where I have collected the photographic series that I made there. I think that the loneliness that the house inspires is a condition, I would almost say despised nowadays, but very necessary for the creator: those moments of solitude in which, only in this way, one manages to concentrate and unleash the imagination. In the case of Barragán, solitary life triumphed over the rest of things, I have no doubt; the rest of us must settle for those small triumphs: rare but treasured moments, in which solitude allows us to immerse ourselves in our own ideas or our own research.

Hurtado Matheu, J. Mirar desde un ángulo chueco: Una conversación con Iñaki Bonillas. Retrieved 16 October 2021


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